Autor: Lucerolm

  • El mismo brillo de siempre

    Muchísimas personas, algunas apenas conocidas, me decían que transmitía algo especial.

    En algún momento entre mis veinte y mis treinta años, durante una estancia en Suiza, viví un episodio que nunca olvidé. No sé si aquello era habitual allí, pero un día, mientras estaba en un restaurante, el dueño se acercó para decirme que no tenía que pagar el café que había pedido: una señora que se encontraba en el local me había invitado.

    Días después me contó que aquella mujer era la dueña de un prestigioso teatro y que le había dicho que, en toda su vida, nunca había visto una sonrisa que transmitiera tanta luz y ligereza.

    Aquellas palabras cobraban para mí todavía más valor viniendo de una mujer que dirigía un teatro, un lugar donde los gestos, las expresiones y los movimientos forman parte de las historias que se representan sobre el escenario.

    Nunca olvidé aquel comentario.

    Volví a cruzarme con ella algunas veces, pero solo fui capaz de saludarla. Nunca me atreví a detenerme a conversar. Quizá saber que era la dueña de un teatro grande e importante me intimidaba un poco. Hoy pienso que habría sido bonito acercarme y decirle que sus palabras se quedaron conmigo para siempre.

    Precisamente cuando entraba en la treintena, terminó una relación con alguien que, a mi modo de ver, también poseía ese brillo. Tenía sus defectos, como todos, pero también el don de llenar de encanto y luz los momentos más sencillos.

    Al terminar aquella relación, sentí la ausencia de esa alegría luminosa, optimista y sencilla que parecía avivar todavía más la luz que siempre había existido dentro de mí. Aquel fue solamente el inicio —no el final— de mis pasos hacia el pesimismo. Durante casi una década contemplé la vida viendo el vaso medio vacío.

    Por fortuna, todo sucedió de manera gradual. Al principio todavía había momentos en los que conseguía encender mi luz. Sin embargo, el tiempo fue pasando y esta comenzó a desvanecerse poco a poco.

    Hoy creo que, cuando dejamos de encender nuestra propia luz, nos acostumbramos a los sentimientos negativos y nos rodeamos de personas que solamente saben ofuscar nuestro brillo, abrimos un espacio enorme para las sombras. Y, desde ese lugar, parece que acabamos encontrándonos una y otra vez con todo aquello que más tememos.

    Mi luz no se apagó de golpe. Fue debilitándose progresivamente hasta casi desaparecer cuando me acercaba a la década de los cuarenta. Durante los años anteriores me había sucedido de todo, y yo repetía constantemente:

    —Eso solo me pasa a mí. Si voy a un concierto, seguro que se cae el escenario.

    Parecía un presagio, porque realmente comenzaron a sucederme muchas cosas de ese estilo.

    Pero hoy vivo de otra manera.

    Cada mañana, cuando despierto, lo primero que hago es encender la luz del día con una sonrisa. Elijo creer que, pase lo que pase, todo podrá contribuir de alguna manera al bien de mi vida y de mi existencia. Y lo cierto es que estoy viendo resultados inesperados.

    Ahora, si voy a un concierto, en lugar de pensar que el escenario se caerá, sé que sucederá algo memorable; que también yo formaré parte de aquel hermoso espectáculo y brillaré al unísono con él.

    He aprendido que puedo amar profundamente a alguien, pero si su presencia desvanece mi luz, cuestiona mi historia, mi familia o mi procedencia, ya no me sirve.

    Tampoco me sirve quien recibe mi sinceridad y después utiliza mis propias fragilidades para opacarme.

    Del mismo modo, procuro vivir comprometida a no apagar la luz de quienes confían su presencia a la mía. Me apenan las veces en que fui sombra sobre otras personas, pero también aquellas en las que permití que otros proyectaran sus sombras sobre mí.

    Nada de eso me sirve ya.

    En el pasado, ese intercambio de sombras fue uno de los puntos de partida de mi oscurecimiento interior, especialmente porque aquellos dardos encendidos procedían de personas a las que quería.

    Hay personas que te alimentan de luz, reciben tu luz y la multiplican. Y hay otras que te alimentan de sombras, reciben sombras a cambio y después se quejan de la oscuridad.

    Gracias al cielo, las personas que hoy forman parte de mi vida no me cuestionan: me abrazan, me admiran y reconocen en mí aquello que vio la señora del teatro tantos años atrás.

    Esa luz que logré rescatar nunca vino de fuera.

    Siempre estuvo dentro de mí.

    Siempre me perteneció.

    Porque todo lo bueno sucede aquí y ahora.

    Y eso es vivir.

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